Voz del que clama en el desierto

¡Jesucristo cuida de su hijos con poder!

“De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio” (Juan 3:11)

Cada domingo cuando llega la tarde, los amadores del conocimiento se reúnen en una residencia como todas las demás, a miras de ir directo a la calle para anunciar a las gentes que la Palabra de Dios es el camino correcto para llegar al cielo.

Ese domingo fue diferente. Los hermanos que hacían parte del grupo se adelantaron partiendo sin mí. Yo, como era la persona que conducía el vehículo en que nos desplazábamos por toda la ciudad anunciando la venida de Jesucristo, había acordado con ellos (vía telefónica) llegar al lugar donde ellos decidieron realizar los primeros cultos. Cuando mi padre llegó con la camioneta, inmediatamente partí al encuentro de mis hermanos. Anhelaba respaldar con mi compañía la predicación; entonces me encaminé ligeramente. Como pude. Literalmente me escabullía entre los demás autos. El sentimiento es enorme cuando se trabaja para la gloria del Señor. Tan feliz y sereno como siempre, entonando salmos y cánticos espirituales a todo pulmón, me dirigía a la pesada brecha donde reposa el corazón agobiado, triste, y vacío de los golpeados por el pecado; quienes quedaron sin voz, sin libertad, y sin derecho a réplica.

Mi visión estaba clara, y era conocedor de los beneficios benditos y santos del Señor para conmigo; pero también mi mente comprendía el ataque que seguía luego del servicio que elevaba para ÉL; entonces, mientras meditaba en llegar a mi sitio, como de la nada apareció un sujeto en motocicleta intentando acaparar mi atención con el ruido de la misma. Yo no me detuve, pero sí llevé mis ojos a sus ojos que parecían sometidos a una cárcel. Atemorizante y frívolo, continuó. Pensé que seguiría su camino, sin embargo, llevó su motocicleta a dar un giro irresponsable y, en plena avenida, se cruzó descaradamente en mi camino. Como obstruía mi camino, no tuve más opción que detener la camioneta.

Bajando apresurado, vociferando y gruñendo señaló un daño en su motocicleta. Al dejarse venir se detuvo en la ventanilla de la camioneta, y con una voz desafiante y grosera me culpaba por lo que había sucedido. Yo, con algo de miedo, y una conciencia irreprensible en base al acto, negué todo efecto dañino que me comprometiera. Y le pedí respetuosamente que me dejara continuar. Le expliqué en unas dos ocasiones el porqué de mi afán, pero al parecer para él no fue suficiente mi explicación. Así que, alterándome, grité en su rostro que me dejara seguir, pues iba a servir a mi Dios; él no lo hizo. Me decía: “¿Cómo vamos a arreglar?... ¡Me tiene que pagar!”. Al ver que yo no llevé mi pie atrás, y me mantuve en la decisión de no darle nada, quiso acorralar mi cuello, e introducir su mano en mi bolsillo; fue en ese momento donde recordé la causa que me había llevado a ese intento de robo. Era la predicación del Evangelio, el servicio a Dios y mi entrega por Jesús.

No me quedé callado porque los hijos de Dios no recibieron de su Padre celestial un espíritu de cobardía, sino de PODER de Dios, y armándome de valor levanté como pude mi brazo derecho, abrí la palma de mi mano y con toda la confianza del mundo elevé vigorosamente un grito desadaptado ¡HAY PODER EN EL NOMBRE DE JESÚS! ¡HAY PODER EN EL NOMBRE DE JESÚS!

¡HAY PODER EN EL NOMBRE DE JESÚS!; la resonancia era tanta y tan anormal que en los ojos del ladrón podía notarse el miedo que el ruido emitido por mí le producía.

No era yo el valiente, ni el poderoso, nada de eso. ¡Jehová estaba conmigo como poderoso gigante! Guardándome, guiándome, protegiéndome; yo podía ver como el poder de Dios se manifestaba y el ladrón se apartaba de mi camino dejando que yo me aventurara en el mapa que Jesucristo había depositado en mi corazón.

Para la gloria y para la honra de Jesucristo, y lo digo de modo atrevido y agresivo, con vehemencia, y seguramente, con respaldo del Señor:

Nada hay más malo sobre la tierra que se intente atentar contra la vida de un Evangélico que medita en Jesucristo de día y de noche. ¡No estamos solos! Y tenemos la entera confianza de que nuestro fuerte y poderoso Dios cuida de los que le aman, y se complace de los que hacen justicia. Es una severa equivocación atentar contra uno de estos “pequeñitos”. Nunca lo hagas por favor; no sea que, sin saberlo, te estés levantando contra Dios mismo… (Hechos 5:39)

Y termino con los siguientes versículos que servirán de respaldo al escrito anterior:

“Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! Porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡Ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo” (Mateo 18:6-7)

“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmos 34:7)

“No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19)

“De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:6)

Un testimonio que me ocurrió el 8 de abril de 2018 en la ciudad de Manizales.


Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: